Ana Baamonde: “No nos importó nada haber perdido la casa y la tienda”

Autor desconocido. Incendio de Santander. Plazuela de la Puntida (desaparecida) y calle San José, 1941, Colección Víctor del Campo Cruz, Centro de Documentación de la Imagen de Santander, CDIS, Ayuntamiento de Santander

Autor desconocido. Incendio de Santander. Plazuela de la Puntida (desaparecida) y calle San José, 1941, Colección Víctor del Campo Cruz, Centro de Documentación de la Imagen de Santander, CDIS, Ayuntamiento de Santander

Ana Baamonde García (84 años) tenía 9 años cuando se desató el Incendio de Santander. Ese día, ella no estaba en casa con sus padres y su hermano, sino en la de unos amigos. Y cree que eso fue lo que la salvó, porque a causa del fuerte temporal, la casa a la que se habían trasladado en la zona de Entrehuertas se derrumbó de una manera tan sorpresiva que cree que a sus padres sólo les hubiera dado tiempo de sacar de allí a un hijo.

Recuerda que, estando en casa de esos amigos, ella sentía que “pasaba algo”, pero las vecinas le desaconsejaron que fuera hacia casa porque, según decían, “caían tejas” hacia la calle, debido al fuerte viento.

Mientras, sus padres estaban ajenos a la gravedad del asunto. Hacía sólo quince días que habían comprado un chalet de dos pisos en Entrehuertas y sus vecinos les habían dicho que allí soplaba mucho el viento. Pensaron que era lo normal hasta que se abrió una ventana y no se vieron capaces de cerrarla a pesar de todos los esfuerzos.

Corriendo, los padres cogieron al hermano, de 2 años, le envolvieron en una manta y salieron de la casa, justo antes de que se derrumbara. Los vecinos de abajo también tuvieron suerte: habían salido un poco antes con su hijo.

Ana recuerda que ese día vivieron toda una odisea. A su padre le cayó un árbol encima de una pierna, que tardó en curarse un mes. Y su vecino resultó herido por causa del viento, que le clavó en la cara una alambrada. Finalmente consiguieron refugiarse en una cuadra de la calle General Dávila.

Ana no había conseguido reunirse con su familia aún. Recuerda que un tío suyo que vivía en Torrelavega vino a Santander para conocer la situación. La cogió a hombros y la sentó en una tapia. Después comenzó a desescombrar la zona que antes ocupaba la casa de su familia, sin saber lo que se iba a encontrar.

Al final, alguien le dijo que sus padres estaban bien, refugiados en otro sitio.

A la pérdida de la casa había que sumar la del negocio familiar. La pequeña relojería, llamada Baamonde, que su padre tenía en la calle San Francisco también se quemó. Pero en el momento de encontrarse de nuevo todos juntos “no nos importó nada haber perdido la casa y la tienda”.

Después, fueron a casa de su abuela, donde se juntaron unos cuantos. Ana asegura que los niños no sintieron miedo, no lo pasaron mal, porque los adultos se encargaron de entretenerles. Y dice que tampoco notaron carencias, que seguro sí notaron los mayores.

También recuerda cómo la población de toda España se volcó con los afectados y que ella y su madre recibieron una chaqueta que tenían “un olor muy peculiar como de mala calidad”.

Al poco tiempo alquilaron una casa pequeña en Prado San Roque y su padre pudo poner la tienda en un portal de la calle Amós de Escalante. Al final terminó comprando el local y ellos se fueron a vivir a la calle Vargas.

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