Rosario Canales Canales: “Los niños no lo vivimos con temor, sino como una noche diferente, con mucho movimiento”

 

Autor desconocido. Incendio de Santander. Plazuela de la Puntida (desaparecida) y calle San José, 1941, Colección Víctor del Campo Cruz, Centro de Documentación de la Imagen de Santander, CDIS, Ayuntamiento de Santander

Rosario Canales Canales (84) nació en Santander, en la casa que sus abuelos tenían en la Plaza Numancia. Después, vivió su niñez en las inmediaciones de esa plaza y la cercana calle Antonio Mendoza. Tenía 9 años cuando se desató el gran Incendio de Santander. Estos son sus recuerdos compartidos en el Taller de la Memoria del Incendio desarrollado por el Centro de Documentación de la Imagen de Santander:

El 15 de febrero de 1941, el padre de Rosario, que regentaba el comercio de mercería La Actualidad (La Casa de las Lanas), se encontraba en Béjar para adquirir mercancía, junto con otros comerciantes de la ciudad como Jaime Ribalaygua, Nocito y los del Toisón.

Su madre Josefina, que era de origen cubano, anticipó que ese día había una ‘surada’ que no era normal y que parecía más un ciclón, así que decidió que se apuntalaran las ventanas de la casa y recomendó a los vecinos que hicieran lo mismo. Muchos de ellos se reunieron en su vivienda.

Una vez que el fuego comenzó, creyeron que las llamas estaban en la calle Magallanes. Rosario dice que los niños no lo vivieron con temor, sino como una noche diferente en la que había mucho movimiento, pero que los mayores estaban muy preocupados.

Una vez que bajaron al portal, vestidos con ropa de dormir y un abrigo por encima, ya no pudieron regresar a las casas. Los bomberos les explicaron que se trataba de un incendio que empezaba por los tejados y que lo que no tuvieran encima ya no lo podrían recuperar.

Rosario cuenta que aquella noche volaban los tablones encendidos y pasaban de una casa a otra. También se acuerda de que a Santander llegaron bomberos de toda España, a pesar de que se habían cortado muchas comunicaciones.

Días después llegaron las noticias hasta Béjar, donde se encontraba su padre. Él se puso muy contento porque le dijeron que la casa de Ubierna había parado el fuego y, por tanto, pensó que su negocio en la calle San Francisco se habría salvado. Había comprado una caja fuerte para el comercio y había metido dinero en ella, pero el negocio se quemó y el dinero, a pesar de la caja fuerte, se había hecho cenizas.

Rosario recuerda que para ayudar a los damnificados las casas de seguros de toda España se juntaron y pagaron una pequeña indemnización a los comerciantes. Además, se instalaron barracones comerciales para que se pudiera continuar con la actividad. Pero su padre se resistía a instalarse en uno de ellos y alquiló un local en la Alameda Primera, mientras se reconstruía la calle San Francisco.

A los pocos días, había nevado y ella y su padre salieron a ver el resultado de la catástrofe. En los escombros había plata, camafeos, parte de algunos pendientes…, Para evitar expolios, las fuerzas del orden estuvieron muy bien organizadas, cuenta Rosario.

Para ella, se quemó la vida de la ciudad. A todo el mundo le tocó en mayor o menor medida porque al tratarse de una localidad pequeña, mucha gente vivía del comercio. Después de la catástrofe, todo el mundo hablaba con naturalidad de lo sucedido, aunque Rosario recuerda que las conversaciones entre los adultos eran de trascendencia.

También cuenta que después del Incendio, se comía lo que se podía y cuando se podía: pan, chocolate…, de manera un poco desordenada, cosa que a los niños les encantaba.

Según recuerda, se tardó al menos entre 5 y 7 años en recuperar un poco el pulso de la ciudad. A pesar de ello, su familia no se planteó emigrar a Cuba, de donde era su madre. Creyeron que no era buen momento porque la guerra acababa de terminar, la situación era muy dura y ya eran una familia bastante numerosa, con cuatro niños.

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